
La savia es como una gran corriente interna que nutre el crecimiento de un árbol. Hasta donde un árbol alcance, hasta allí llega la savia. Mezcla de agua, azúcares y minerales, recorre desde las raicillas más pequeñas, hasta la más joven de las hojas a 40 metros de distancia de esa raíz. Puede ser comparada con la sangre animal, pero no en su composición sino en su función principal: el transporte.
La savia, como la sangre, llega absolutamente a todas las células del árbol.
La savia vehiculiza el acceso al agua, contiene las células que transforman la luz solar en energía milagrosa fotosíntesis, acude donde hay una herida y forma capas que la restañan, recorre cada centímetro del árbol y evita que enferme, evita que muera.
Como lo hace la savia, facilitamos nuestro crecimiento cuando:
Nuestras raíces hallan el agua de vida.
«Al que tiene sed yo le daré (...) agua de vida». Ap. 21.6b (RVC)
Buscamos con insistencia la luz verdadera.
«… yo soy la luz del mundo, el que me sigue, no andará en tinieblas (...)». Jn. 8.12a (RVC)
Resistimos los vientos de mala enseñanza.
«Para que ya no seamos niños fluctuantes arrastrados (...) por todo viento de doctrina». Ef. 4.14a (RVC)
Sanamos las heridas.
«El señor de aquel siervo, movido a misericordia, lo soltó y le perdonó la deuda». Mateo 18.27 (RVR60)
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